Del nombre
Bioiterantia está formado por tres elementos: bio- (vida, naturaleza), iter- (del verbo iterar: repetir, volver a observar) y -antia (sufijo latino que designa estados o condiciones). En conjunto, el nombre alude a una condición de lo vivo que se revela y se transforma mediante la observación. Es una noción que habla tanto de los procesos vivos que habitan la ciudad en constante transformación como del método creativo de este proyecto, donde la observación es necesariamente iterativa: cada nueva mirada resignifica lo que vemos todos los días y aporta una comprensión distinta de la naturaleza.
«Al final, conservamos solo lo que amamos. Amaremos solamente lo que entendemos. Entenderemos solo lo que se nos enseña»
- Baba Dioum, ingeniero forestal senegalés, Asamblea General de la UICN, 1968.
Volver a observar
Este espacio surge para atender una necesidad latente en las ciudades: volver a observar lo que nos rodea. Es en la observación donde nacen las preguntas, y en las preguntas donde comienza el entendimiento.
Como señaló Baba Dioum en 1968, solo aquello que comprendemos puede llegar a importarnos lo suficiente como para querer conservarlo y protegerlo. ¿Qué pasa cuando dejamos de mirar?
Durante la universidad y, sobre todo al salir de ella, me di cuenta de que envejecer parece traer consigo la indiferencia y el ensimismamiento. Pero la curiosidad humana no desaparece: la enterramos o la redirigimos hacia lo que el sistema nos condiciona. Muchas veces dejamos de cuestionarnos porque parece que ya no hay nada nuevo que descubrir: «ya lo investigó alguien más», «eso lo estudian en la universidad». ¿Cuántas oportunidades de asombro sacrificamos todos los días por conveniencia?
«¿Qué puedo ganar yo de ponerme a ver las plantas?«, podrías preguntarte.
Pues, para empezar, te regalas un minuto de descanso de la rutina diaria: un momento de admiración por algo fuera de nosotros que simplemente existe. Esa planta no necesita un propósito; no paga renta, no tiene que producir nada para ser valiosa, no necesita hacer nada mas que vivir. Si la plantamos, es nuestra responsabilidad cuidarla (incluso de nosotros mismos). Pero también deberíamos de poder apreciarla.
Paseo por la Americana
Imagina que caminas por la Av. de la Paz, en la Colonia Americana de Guadalajara, Jalisco. Paseas viendo las casas antiguas y, de repente, una construcción hermosa y ecléctica te roba la mirada: el Chalet Clover Lawn de 1912, con su arquitectura y detalles impresionantes. Te detienes en los jardines y un árbol destaca por su imponente altura de 42 metros, volviéndose tan monumental como la casa que acompaña. Tal vez te preguntes que tipo de árbol es o tal vez solo pienses «un pino más». ¿Qué eliges hacer: seguir y olvidar o detenerte y averiguar? Independientemente de tu pensamiento, continuas tu camino, tienes cosas más importantes que hacer.
Una anécdota personal
La primera vez que observe con detalle una araucaria ni siquiera sabía que no eran nativas de México ni lo longevas que podían ser. Recuerdo ver la corteza descarapelada que me invitaba a tocarla, las ramas que crecían con armonía casi arquitectónica y unas hojas como ninguna otra que se me figuraban como a serpientes escamosas. En algún momento la Bioiterantia se apoderó de mi. Descubrí que las araucarias son coníferas originarias del hemisferio sur, principalmente de Sudamérica, con algunas especies en Oceanía. ¿Cómo llegaron de una punta del mundo a la otra? Esa es una pregunta para otro día.
También supe que son fósiles vivientes que convivieron con los dinosaurios y que, para el pueblo mapuche (originario de la región andino-patagónica de Chile y Argentina) son árboles sagrados, a los que llaman pehuén, cuyas semillas han sido alimento durante siglos.

Localización de las especies vivas del género Araucaria. Foto: arbolesconhistoria.com
La araucaria de Av. La Paz
La araucaria de Av. La Paz tiene una edad aproximada de 120 años, incluso más vieja que el Chalet que la acompaña. Aún se debate su especie: la CONAFOR la clasifica como Araucaria bidwillii y según el Ing. Raúl López, sería Araucaria brasiliens. Su historia la hace aún más interesante: al parecer fue un regalo, junto con otros ejemplares, del cónsul chileno a Porfirio Díaz para celebrar las fiestas del Centenario de la Independencia de México; posteriormente el árbol fue trasladado a Guadalajara por la familia Duncán Cameron y ahora mantiene una relación centenaria con la casa.
Esta información se retoma del libro Árboles patrimoniales de Guadalajara, Jalisco, México (Claudio García et al., 2020).
Estos descubrimientos me devuelven ese pensamiento mágico de la infancia que se ha ido transformando en un pensamiento lógico y pragmático necesario para sobrevivir en este sistema. Ahora estos árboles se convirtieron en un símbolo de admiración por la vida: ya no puedo evitar ver una y preguntarme de dónde vino, quién lo trajo, por qué y cuántos años tendrá. También recuerdo que puedo admirar un ser vivo que, de otra forma, tendría que viajar kilómetros para ver, y que hay cientos de otras especies, nativas y exóticas, dignas de admiración y de aprendizaje.
Ser parte de algo más
A veces recuerdo que, como el árbol, mi propósito en la vida no es trabajar sin más: soy parte de un ecosistema llamado ciudad, que a su vez forma parte y esta rodeado por una red de ecosistemas —bosques, barrancas, montañas, volcanes y lagos— interconectados e interdependientes. Mi objetivo con este blog es sembrar semillas de curiosidad en quienes creen que la naturaleza solo se entiende en las universidades o en bosques lejanos. Quiero mostrar que cualquier duda es válida y que, con el simple gesto de observar, se puede comprender un universo entero. Para muchas personas los bosques y las áreas protegidas son inaccesibles; sin embargo, aquí mismo hay una biodiversidad que merece admiración y cuidado, empezando con nosotros mismos.
¿Qué sigue?
La próxima vez que camines por la ciudad y algo te llame la atención —un ave que nunca habías visto, un árbol desproporcionadamente grande, unas hormigas cargando hojas, una flor que crece obstinada entre las grietas de la banqueta— detente un momento. Mira con intención.
Pregúntate qué es, de dónde viene, cuánto tiempo lleva ahí, quién más lo habrá visto antes que tú.
Anota esas preguntas. No tienen que ser profundas ni inteligentes: basta con que sean honestas. Luego, cuando tengas oportunidad, busca respuestas. Puede ser en internet, en un libro, en una caminata más atenta o preguntándole a alguien que creas que sabe un poco más. Te aseguro algo: cuando descubras la historia detrás de eso que te llamó la atención, ya no podrás volver a mirarlo de la misma manera.
Eso es Bioiterantia: mirar, volver a mirar y dejar que el significado cambie.
Próximamente hablaré sobre los árboles patrimoniales de Guadalajara. Hace poco descubrí la existencia de la Academia Mexicana del Paisaje (ACAMPA) y su libro Árboles patrimoniales de Guadalajara, Jalisco, México (2020), donde documentan estos ejemplares antiguos que habitan nuestras colonias como testigos silenciosos del paso del tiempo. Incluso proponen rutas arbóreas que permiten recorrer la ciudad con otros ojos, entendiendo que estos árboles no solo forman parte del paisaje, sino de nuestra historia colectiva.
Tal vez pases todos los días junto a uno de ellos sin saberlo.
Tal vez ese árbol que siempre estuvo ahí tenga más años que la casa que lo acompaña o la colonia que habita.
La invitación es simple: observa. La ciudad también es un ecosistema vivo, y aprender a mirarlo es una forma de cuidarlo.
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