Cada vez que vuelvo a casa, en Aguascalientes, procuro salir a observar aves. Por suerte, vivo a las afueras de la ciudad, en una zona de transición entre lo urbano y el campo, con abundante arbolado, amplias áreas verdes y un pequeño arroyo que permanece seco durante gran parte del año, pero que nunca está del todo falto de vida. Cuando las lluvias son abundantes, este rincón se convierte en un pequeño oasis para la biodiversidad que habita entre la ciudad y el campo.
En esta ocasión quiero compartir tres encuentros de hace algunos meses que me recuerdan que no hace falta ir muy lejos para descubrir algo nuevo sobre la naturaleza que nos rodea.
Calandria Dorso Rayado.
Icterus pustulatus

Todo comenzó con un canto que pocas veces había escuchado. Era una serie de silbidos rítmicos, fluidos y agudos, con subidas y bajadas de tono que sonaban muy alegres, acompañados de llamados más ásperos, como chasquidos o chillidos cortos. Algo en aquella combinación me hizo pensar que se trataba de un ave poco habitual. Me detuve para observar cuidadosamente el dosel arbóreo y, cuando por fin la vi, no pude apartar la mirada.
Era una calandria dorso rayado (Icterus pustulatus), un ave que jamás imaginé encontrar a unos minutos de casa. Ella también me observaba con cautela, aunque sin mostrar demasiado temor. Al investigar un poco, descubrí que estas aves también pueden encontrarse en ambientes urbanos. ¿Cuántas veces habría pasado cerca de mí sin que me diera cuenta? Tal vez llevaba mucho tiempo ahí y yo simplemente no había prestado suficiente atención.
Desde aquel encuentro he visto con más frecuencia calandrias de distintas especies en la ciudad. No sé si ahora aparecen más o si simplemente he aprendido a reconocerlas. Lo que sí sé es que, desde entonces, cuando escucho un canto que no conozco, me resulta mucho más difícil seguir caminando sin detenerme a averiguar de dónde viene.
Tordo Cabeza Amarilla.
Xanthocephalus xanthocephalus

El invierno en mi natal Aguascalientes puede ser bastante frío por las noches y especialmente al amanecer, de esas veces que agradeces tener una cobija calientita y una colcha que se hace más pesada entre más temprano despiertes.
Normalmente durante las vacaciones en casa hay días que puedo dormir hasta pasado el mediodía, pero desde hace varios años las alarmas no son necesarias para evitarlo porque apenas sale el sol ya se escuchan los graznidos del tordo cabeza amarilla (Xanthocephalus xanthocephalus). Un sonido que se asemeja al ruido que produce el abrir y cerrar de una bisagra oxidada, a ratos acompañados por hermosos silbidos que hacen pensar que solo estaban calentando para un canto elegante pero que solo terminan graznando más fuerte.
Ahora imaginen esos graznidos x50 y es lo que se escucha afuera de mi casa todos los días durante unos 2 meses. Pero no me quejo, de hecho es algo que siempre me alegra. Los tordos llegaron a nuestra casa por primera vez un invierno en el que nuestro fresno mexicano (Fraxinus uhdei), que adorna la fachada, había crecido lo suficiente como para ofrecerles un buen sitio de descanso, ya que estas aves migratorias se reproducen principalmente en Canadá y Estados Unidos. Cuando llega el otoño y las temperaturas comienzan a bajar en sus áreas de reproducción, muchas se desplazan hacia el sur para pasar el invierno, y algunas llegan hasta México.
Para mí es asombroso saber que estos seres recorren enormes distancias para pasar el invierno en un lugar más cálido, aun con todos los riesgos que implica el viaje. Es algo que ha sucedido durante muchísimo tiempo y que me hace pensar en lo vulnerables que pueden ser estas migraciones frente a los cambios en nuestro entorno.
Además me llena de felicidad que hayan elegido nuestra casa como su hogar temporal, no solo nuestro fresno, sino que muchos otros árboles de la zona donde vivo se convierten en puntos de congregación de estas aves, donde comen, duermen y hacen demasiado ruido, lo que a su vez, me hace apreciar aún más los árboles, ya que cualquiera puede convertirse en lugares de descanso u hogares para muchas otras especies.
Para mí, el poder apreciar su belleza, observar su comportamiento y aprender algo nuevo cada año que las veo me da llena de satisfacción, y me recuerda que comparto esta tierra con seres maravillosos, eso es todo lo que necesito para soportar unos días de graznidos.
Mosquero Cardenal.
Pyrocephalus rubinus

Esta es de esas aves que todos podemos reconocer en cuanto la vemos o escuchamos cantar, les aseguro que la gran mayoría podemos recordar haberles visto más de alguna vez perchados como sentinelas en una misma rama, poste, antena o lugar en el que parecieran querer llamar la atención.
Por su color, es fácil entender que alguien lo llame «petirrojo»; aun así, conviene no confundirlo con el petirrojo europeo (Erithacus rubecula), que es una especie distinta y pertenece a otra familia de aves. En este caso, se trata de un mosquero cardenal —o cardenalito, para los compas—, y Pyrocephalus rubinus para los hippiecientíficos.
El nombre del género, Pyrocephalus, significa literalmente «cabeza de fuego», una descripción bastante acertada para el macho, cuya cabeza y partes inferiores lucen un rojo intenso, como si llevara un gorrito encendido. De ahí también la asociación con un cardenal.
Esta diferencia de apariencia entre machos y hembras se conoce como dimorfismo sexual: las diferencias físicas que presentan los individuos de distinto sexo de una misma especie, ya sea en el tamaño, la forma o la coloración. En el caso del mosquero cardenal, el macho luce ese llamativo plumaje rojo, mientras que la hembra presenta tonos pardos y una coloración mucho más discreta.
En cuanto a lo de mosquero, pues sí, le gustan las moscas, aunque su dieta incluye muchos otros insectos. Algo característico de la familia Tyrannidae es su forma de cazar: se colocan en una percha despejada, permanecen quietos y esperan hasta detectar algún insecto volador. Entonces salen a perseguirlo acrobáticamente en el aire y, si tienen éxito, regresan victoriosos a la misma percha; si no, quizá busquen otro lugar desde donde intentarlo de nuevo.
Algo que he aprendido al observar aves es que el entorno cambia incluso cuando parece que todo sigue igual. Un mismo árbol puede convertirse en refugio para unas aves durante el invierno, en una percha desde la que un mosquero caza insectos o en el lugar donde, un día cualquiera, una calandria decide llamar mi atención.
Muchas veces, la naturaleza que buscamos en lugares lejanos está más cerca de lo que pensamos. Solo necesitamos aprender a reconocerla.
La próxima vez que escuches un canto que no conoces o veas un ave que nunca habías identificado, detente un momento. Obsérvala, hazte preguntas y busca sus respuestas. Quizá descubras que ese pequeño encuentro tiene una historia mucho más grande de lo que imaginabas.
Eso es, al menos para mí, parte de lo que significa Bioiterantia.
Para Saber más.
Si te interesa conocer más sobre las especies que encontré durante esta salida, aquí te comparto algunos recursos para seguir explorando:
- Calandria dorso rayado (Icterus pustulatus). Enciclovida, CONABIO. Una ficha de la especie con información taxonómica, registros y mapas de distribución en México. En este portal también aparece con el nombre de bolsero dorso rayado.
- Tordo cabeciamarilla (Xanthocephalus xanthocephalus). All About Birds, Cornell Lab of Ornithology. Información sobre su identificación, hábitat, alimentación y comportamiento, incluidos sus característicos llamados. El contenido está en inglés.
- Mosquero cardenal (Pyrocephalus rubinus). All About Birds, Cornell Lab of Ornithology. Una guía para conocer mejor su plumaje, distribución y comportamiento. También explica las diferencias de coloración entre machos y hembras. El contenido está en inglés.
- Escuchar a la calandria dorso rayado. Macaulay Library, Cornell Lab of Ornithology. Una colección de registros de audio que permite explorar las vocalizaciones de esta especie y compararlas con lo que escuchamos en el campo.
Las fotografías de esta entrada enlazan a mis propias observaciones en Naturalista. Estos recursos son una invitación a seguir investigando y descubriendo todo lo que las aves tienen por contarnos.
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